Oct 23 2018

La diáspora del Triángulo del norte

Dramático ver a miles de hondureños huyendo de la hostilidad que en su país le representa la inseguridad que no para de generar muertos, la falta de oportunidades, la insensibilidad gubernamental y la inexistencia de esperanzas.

Nunca antes en la propia región centroamericana existió un desplazamiento tan masivo de inmigrantes hacia Estados Unidos concentrado en un solo contexto y en un solo volumen y eso nos plantea buscar la razón y dónde subyace el porqué de esta monumental diáspora cuyo poder rompió las barreras de los controles migratorios mexicanos en ruta a la frontera imperial.

Estos hondureños dicen sentirse prisioneros en su propio país e independientemente de las amenazas de Trump de suspender la ayuda al presidente catracho por no frenar la marcha o de poner a la Guardia nacional en la frontera norteamericana ellos van hacia ella con la intención de rebasarlas sin miedo y sin temor porque de todas maneras todo lo que vivan ya son horas extras.

El masivo desplazamiento hondureño que en su tránsito sumó a salvadoreños y guatemaltecos provocó la advertencia imperial, del Vicepresidente de Estados Unidos Mike Pence de suspender también la ayuda a Guatemala si el presidente de ese país, Jimmy Morales, no frenaba en sus fronteras el éxodo de los ciudadanos del triángulo del norte centroamericano a lo que el mandatario cuscatleco respondió con firmeza que los guatemaltecos “Somos personas con dignidad y no aceptamos condicionamientos”, dijo Morales.

Dado que el vicepresidente Mike Pence no pudo poner a nadie a temblar el propio Donald Trump sentenció a través de su cuenta en Twitter “Hoy le informamos a los países de Honduras, Guatemala y El Salvador que si permiten que sus ciudadanos, o terceros, crucen sus fronteras y lleguen a Estados Unidos, con la intención de entrar ilegalmente al país, todos los pagos hacia ellos se TERMINAN (FIN)!“, dijo Trump en Twitter, algo clásico en su habitual soberbia.

Volviendo al pecado original, por supuesto donde la garra del águila imperial tiene una alta cuota de responsabilidad, desde cuando montó el golpe de estado contra Mel Zelaya, que en su momento giró a la izquierda y evento que estremeció a honduras y de lo que aún no se repone, el presidente catracho acusó a su oposición de estimular el éxodo para propinarle un golpe político. En lo personal esta declaración me luce una salida de baño porque alguien que pueda financiar y organizar un desplazamiento tan gigantesco y masivo como el que nos ocupa, hoy lo veo difícil, aunque indudablemente tenga por raíz el deterioro político de una sociedad que vive prácticamente bajo la ley de la selva.

La gente que huye de honduras y a la que por las mismas razones se sumaron salvadoreños y guatemaltecos, son seres hambrientos, sin trabajo, excluidos de la sociedad, pero todos ciudadanos de un circuito al que Estados Unidos denominó el Triángulo del Norte para partir Centroamérica y separar a los países que le generan migración ilegal hacia el suyo de aquellos que como Nicaragua, Costa Rica y Panamá son la faja del sur.

Es interesante que aún con nuestros problemas internos, como lo tiene cada país de la región, aunque la Casa Blanca solo a nosotros quiera darnos con el garrote, Nicaragua no solo tenga esa migración sino que además desde el 2007 el descenso estadístico de aquellos que querían irse por distintas razones, predominando en ellas la económica, haya pasado del 60 al 26% y eso es más que significativo porque implica que el nicaragüense, que ya vivió lo que otros comienzan a padecer, decidió quedarse aquí para ser parte de la solución y es algo que prevalece a pesar de la insistencia de algunos por descarrilar el país por particulares intereses de poder, por supuesto patrocinados por el decadente imperio norteamericano.

Que los nicaragüenses nos hayamos quedado aquí obedece a que miles y miles sabemos lo que representa el exilio, pero no el exilio dorado aquel que algunos nunca quisieron que se acabara, por el que recibían hasta siete mil dólares mensuales para que sobrevivieran y además les daban viáticos y emolumentos gruesos para pagar hoteles de cinco estrellas, aunque a donde iban había familiares donde se hospedaban.

Yo hablo del exilio donde nos echaban presos, donde el policía del país que nos capturaba nos insultaba hasta hacernos sentir sin dignidad, donde teníamos que habitar una casa de seguridad pequeña en la que treinta o cuarenta dormíamos hacinados en el piso con la angustia de saber que migración nos caería encima para deportarnos, de aquel donde comías un tiempo o comías salteado y no podías salir ni a recibir el sol en una acera porque era fácil que el vecino anti nicaragüense te detectara y te reportara si en el mejor de los casos no te mencionara a tu madre.

Esa experiencia de los ochentas ha sido transmitida y compartida por los padres de esa nueva generación que, aturdida por tantas historias de guerra, narradas por sus progenitores quiere paz, pero también crecer desde las oportunidades de un país que como el nuestro ofrece, a pesar de sus grandes limitaciones, peldaños para que poco a poco ascendamos hacia el encuentro de una mejor perspectiva de vida y si eso no fuera así la migración masiva hacia el imperio hubiese salido de Managua y no de Tegucigalpa que nos lanzó el mismo lodo que hoy se volvió contra su presidente.

Todo esto que expreso no niega que efectivamente hay migración, claro que la tenemos, hacia Estados Unidos, hacia Costa Rica o hacia cuanto país hayan tenido que huir los terroristas que nos desbarataron lo tanto que habíamos avanzado, pero ese es nuestro marielito y si se quieren quedar fuera pues hay que respetarles gustosamente esa decisión y si quieren volver que sepan que si tienen cuentan hay que pagarlas y si no tienen nada de qué preocuparse y solo decidieron irse por el terror que desataron las Gárgolas que vengan que aquí los recibimos con los brazos abiertos para que recuperen la vida que les quisieron arrebatar para que nos ayuden a reconstruir en seguridad un país que es tanto de ellos como de nosotros.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.

Por: Moisés Absalón Pastora